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Jun 11

La historia oculta: La campaña contra la Malaria en San Carlos narrada por una protagonista

 

Rociadores de DDT en mula por campos y poblaciones de Cojedes en lucha contra la malaria y el paludismo.

Argenis Agüero

El contenido de este artículo es tomado de la narración que ofrece la señora María de Jesús Romero de Matute en su blog (sancarlosenmicorazon.blogspot.com), la cual ofrece interesantes datos históricos de la cotidianidad sancarleña en el contexto de la titánica lucha que desde esta ciudad se emprendió contra el flagelo del paludismo.

Contextualizando al lector cabe decir que el Ministerio de Sanidad y Asistencia Social fue creado el 25 de febrero de 1936, y el 16 de junio de 1936 fue promulgada la Ley de Defensa contra el Paludismo. Poco tiempo después, el 10 de julio de 1936 el General Eleazar López Contreras (Presidente de la República) pone en ejecución el artículo No 27 de la Ley de Defensa contra el Paludismo, que habla sobre el establecimiento de una Dirección especial de Malariología y creación de una Escuela de expertos malariólogos y dos semanas más tarde, el 27 de julio de 1936 se firma la resolución que da origen a la Dirección Especial de Malariología y a la Escuela de Expertos Malariólogos. En la lucha antimalárica que se inicia desde Caracas se establecen en algunas ciudades del interior “Estaciones de Malariología”, instalándose en el estado Cojedes una de las primeras Estaciones, y fue desde allí donde se dio la lucha exitosa contra el flagelo del paludismo.

Casa Amarilla, en San Carlos (1930) segunda sede de Malariología en Cojedes (donde funcionó luego el colegio Palao Rico) hoy demolida.

Una protagonista adolescente

Afirma María de Jesús Romero que transcurría el año 1937, época en la que ella apenas tenía 14 años de edad, y cuenta que la señorita Pastorita Rivero (hermana de Mercedes, Luis y Rafito Rivero) pasaba todos los días frente a su casa, en la calle real de San Carlos (Av. Bolívar); ella le contó que en la recién creada Estación de Malariología y Saneamiento Ambiental estaban buscando personal para la campaña de lucha contra la malaria, dicha Estación inicialmente funcionaba en la esquina de las calles Sucre con Manrique (actual Unidad Sanitaria) y luego fue mudada para la casa ubicada en la esquina de las calles Páez con Sucre, denominada la “Casa Amarilla”, propiedad del Dr Hilario Malpica Castrillo. María de Jesús evoca el recuerdo de haber padecido paludismo cuando tenía 6 años (1929), señalando que el tratamiento que recibió fue a base de la planta de majagua, cuyas hojas maceraban, agregándole agua y sal, y le daban una cucharada diaria en ayunas, siendo un brebaje de sabor muy amargo, pero así tuvo que consumirlo hasta que se le quitaron las fiebres palúdicas.

Eminente científico venezolano, doctor Arnoldo Gabaldón estuvo en Cojedes en la lucha contra el paludismo y la malaria.

Un día Pastorita la invitó a ir a hablar con el “Negro” Navarro, quien era el laboratorista de dicha Estación, con el objeto de conseguirle un trabajo allí, lo cual aceptó, y con solo 14 años empezó a trabajar en la mencionada Estación, a cuyo cargo se hallaba el entomólogo y laboratorista Jesús Herrera Villalba, un oriental muy afable. El cargo que recibió María de Jesús fue el de Visitadora, correspondiéndole visitar los hogares ubicados en las afueras de San Carlos para tomarle muestras de sangre a las personas que allí vivían. María de Jesús describe su labor con las siguientes palabras: “A uno le daban una cajita con una pluma de escribir con tinta, se le quitaba un pedacito de su punta y quedaba una puyita. La desinfectaba y puyaba la oreja para tomar la muestra. Al principio era el dedo pulgar, pero se comenzaron a infectar los dedos de las personas. Entonces se cambió la toma de la muestra en la oreja. Esa gota de sangre se colocaba en una lámina de cristal, se ponía otra gota alargándola y se frotaba con otro cristal; se dejaba secar. Se escribía el nombre de la persona y la fecha con la pluma en el vidrio. Se recogían diez gotas por la mañana y diez por la tarde. Se llevaban al laboratorio. Se mojaban en azul de metileno, se secaban y se colocaban en una rejilla. Se le daba cuerda a un reloj, se activaba la alarma y se contaban quince minutos. Cuando sonaba, ya estaba listo el frotis. Y lo examinaba Chucho en el microscopio. Chucho decía si la persona tenía o no paludismo”.  Si la persona tenía paludismo o malaria se colocaba en una tarjeta su nombre y la palabra positivo; en la tarjeta se colocaba también el frotis y se le entregaba al director de la Estación. Si la persona tenía paludismo o malaria, se le llevaba el tratamiento de quinina a su casa con dosis para dos semanas. La quinina venía en pastillas de color amarillo. A las dos semanas se volvía a hacer el frotis y así hasta que la persona estuviera bien.

Recuerda María de Jesús que en la Estación de Malariología trabajaba el señor José Noguera, quien desempeñaba el cargo de larvero, cuya tarea era colectar larvas de zancudos en los charcos, para cuya labor se desplazaba en un burro alquilado a tal fin. Ella describe la interesante y curiosa actividad de Noguera en las siguientes palabras: “José alquilaba varios burros. El que estaba en la casa para recoger los zancudos del pozo de agua, en unos mosquiteros, para que los zancudos se pararan en el pozo y el burro se llenaba de zancudos porque estaba quietito allí. Se escogían los zancudos en la mañana. Cada charco tenía su número y allí, a la orilla del charco, se amarraba al burro para recoger los zancudos de noche”.

 Los compañeros de la Estación

Cuenta ella que también trabajo en el larvario y refiere que allí “cuidaba las larvas para que “parieran” al zancudo y examinarlo para ver si tenía el paludismo, para ver si era anofeles. Al zancudo se le mataba con un tubito que tenía cloroformo…y el zancudo caía. Si el zancudo anofeles tenía tres manchitas en las alas, había paludismo. Eso se mandaba en una cajita para Maracay, los zancudos que eran anofeles, en una camioneta pickup amarilla que conducía el señor Manuel; se les ponía el nombre por fuera: tantos zancudos, de la casa número tal”. Señala nuestra narradora que en ese tiempo trabajaban en la Estación de Malariología además del señor Jesús y del Negro Navarro, Carmen Leonor Marvez de Díaz, Pastora Rivero e Isabel Rodríguez; Délida Ríos, la madre de ALÍ Coronel entró cuando ella se retiró; y con nostalgia relata: “La secretaria era Antonia González, entrañable amiga de suave carácter, de serena belleza, luego casada con el doctor Jorge Rojas Puccini. A Antonia la sustituyó Emma Torres Rodríguez, quien después se casó con José Miguel Fraíno Capobianco. La tercera secretaria fue Carmen Sánchez, hermosa joven de inmensos ojos negros; ella se casó con el comerciante Antonio Aure Turbay. Echábamos broma con el puesto de secretaria diciendo que traía suerte: las secretarias se casaban pronto y muy bien casadas. El verdadero nombre del Negro Navarro era José Julián Navarro Bolívar, hermano de Eladia Navarro Bolívar. Los hermanos Navarro Bolívar eran altos, elegantes y muy educados. Por el trabajo de esos años, mis dos compañeros José Noguera y Carmen Leonor Marvez de Díaz fueron condecorados con el Botón de Hierro y Cobre del Ministerio de Sanidad y Asistencia Social, la máxima condecoración otorgada por el Ministerio. Ellos fueron los primeros que entraron a trabajar en la campaña. También trabajó allí el doctor Fernández Suárez, quien vino de España con su esposa Josefina y sus dos hijos. Estando en San Carlos, el doctor fue a España y nos trajo como recuerdo un prendedor a Antonia y otro a mí. El doctor Fernández se desempeñó como el ingeniero de las obras: su trabajo era canalizar las zanjas que eran de tierra, en una especie de bateas de cemento que las traían de Maracay”.

Y así conoció al Dr Gabaldón

Relata María de Jesús que estando allí en la Estación de Malariología conoció al Dr Arnoldo Gabaldón, el gran luchador contra la malaria en Venezuela, el cual visitaba frecuentemente San Carlos por haber sido escogido Cojedes como estado piloto. Ella señala que el día antes de que el doctor Gabaldón llegara por primera vez el Director de la Estación los convocó a una reunión y destacó la importancia de su visita, pero acota que lo que más recuerda de la reunión fue que el jefe de la Estación les dijo: “Esto es con las muchachas. Cuando vean al doctor Gabaldón, no se vayan a reír”, y ella se atrevió a preguntar por qué, y él les dijo: “Es que el doctor Gabaldón es muy feo”.

Cuenta María que al día siguiente el personal de la Estación de Malariología en San Carlos recibió al Dr Gabaldón, quien en ese momento usaba un uniforme color kaki, unas botas negras hasta las rodillas y un sombrero estilo corcho; ella acota: “Nos lo pintó tan feo que no lo encontramos tanto. Al contrario. Era una persona muy inteligente, bondadosa, trabajadora, muy educada y mandaba como un militar. Lo más hermoso de él es que era un incansable trabajador: lo mismo daba órdenes, que se arremangaba la camisa y agarraba un pico y una pala, o revisaba el larvario, o iba a recoger muestras. Fueron días de trabajo intenso, pero con la satisfacción de que estábamos realizando una labor primordial. Al correr de los meses, la alegría fue mayor al comprobar que, gracias a la campaña, el paludismo disminuía en San Carlos y en el estado Cojedes. Y en todo el país”.

Señala María de Jesús que en el año 1938 ella obtuvo el cargo de maestra en El Potrero (caserío ubicado en las afueras de San Carlos) y tuvo que dejar la Estación de Malariología, pero el año 1939 volvió y trabajó en el larvario durante dos meses, y con el dinero que ganó compró su primera máquina de coser.

Un clamor justo

Finalmente la señora Romero de Matute hace la siguiente reflexión: “Creo que San Carlos y el estado Cojedes están en deuda con el doctor Arnoldo Gabaldón y con Jesús Herrera Villalba. No hay una calle, ni una plaza que los recuerde. Chucho murió y está enterrado en el cementerio de San Carlos. Cuando el Gobernador Elías Nazar inauguró la avenida Ricaurte en los sesenta, pensé que esa avenida llevaría el nombre del doctor Gabaldón, pero no fue así. ¡Cuántas vidas se salvaron en esos años hasta lograr la erradicación del paludismo! Para tristeza nuestra, el flagelo ha regresado”.

Cuánta razón tiene la señora María de Jesús en elevar su voz de reclamo, pues no cabe duda que tanto el Dr Gabaldón como esos numerosos personajes desconocidos, algunos de los cuales ella en su relato rescata del anonimato, merecen en justicia un reconocimiento por esa titánica labor desarrollada en una época adversa para la vida, sin embargo ellos dieron lo mejor de sí para lograr un futuro más saludable para todos nosotros, los cojedeños que después llegaríamos en los tiempos que les sucedieron.

 Nota: Estoy obligado a expresar mis respetos, y reconocer aquí, a sus descendientes (especialmente los que están en San Carlos), por el singular aporte realizado por la señora María de Jesús al conocimiento de la historia local a través de los valiosos datos expuestos en su interesante narración

 

 

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