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Jun 21

La Historia Oculta: La rebelión indígena en Lagunitas (1785)

 

Argenis Agüero

 

La Divina Pastora del Jobal

Lagunitas, capital del Municipio Ricaurte del estado Cojedes, fue fundada el 3 de enero del año 1751 por el capuchino Fray Miguel Francisco de Vélez, con el nombre de “Divina Pastora del Jobal” alias “Lagunitas”. Su fundación tuvo la categoría de pueblo misional, llevado a cabo con indígenas Achaguas, Taparitas, Guamos, Mapoyes, Güires, Yaruros, Aracuaymas y Guaiquires, a los que progresivamente se fueron agregando indígenas de otras etnias, trasladados por los misioneros capuchinos. Al parecer su ubicación original distaba de la actual, ya que según refieren los datos antiguos este pueblo se encontraba en la cercanía del rio Tirgua. Quizá su mudanza se haya producido luego del gran incendio que lo destruyó, el 27 de febrero de 1773, según lo relata el Dr Agustín Marón en su relación geográfica del año 1775.

El hecho aquí relatado está relacionado con el modo de vida que se llevaba en este tipo de poblados misionales, donde se cometían abusos y atropellos por parte de las autoridades españolas que ejercían el control político y militar; en este caso el poder lo ejercía el Teniente de Justicia Mayor de la Villa de San Carlos (con jurisdicción en todos los pueblos de misión ubicados en el territorio de la Villa), cargo ejercido por Don Gerónimo Villegas, abuelo materno de quien en la época independentista sería el General Manuel Manrique.

Los hechos tuvieron lugar a finales de 1785 y, dada su trascendencia y repercusión, las autoridades eclesiásticas se vieron obligadas a enviar desde Caracas al Secretario Mayor de Visita para que hiciese una investigación, cargo que estaba desempeñado por Fray Luis José de Sevilla, quien llegó a Lagunitas el 11 de febrero de 1786, plasmando sus resultados en un informe titulado “Testimonio de los excesos del Teniente Mayor de las Lagunitas, Don Jerónimo Villegas, contra los indios y reales órdenes de su Magestad”, el cual se halla en la Sección Manuscritos, de la Biblioteca Nacional, en Madrid, España, siendo copiado por el Hermano Nectario María y trasladado a Venezuela, cuya copia se encuentra (o encontraba) en la biblioteca de la Casa La Blanquera, en San Carlos.

 

La emboscada de Pérez Moreno

La visita de Fray Luis José de Sevilla se produjo debido a las denuncias hechas por los habitantes de Lagunitas, principalmente los indígenas guaiqueríes. Los hechos aparecen narrados por el capuchino en su informe, tal como se expresa a continuación:

Fray Luis de Sevilla.

“Ocurrieron la mayor parte de indios guayquires de dicha misión, y mayor número de vecinos mancomunados se nos presentaron afligidos y condolidos, manifestándonos las tropelías y averías que sucedieron en dicha misión el precitado día veintidós de noviembre de ochenta y cinco, movidos e incitados por Don Juan José Pérez Moreno actual Justicia Mayor y Corregidor nombrado extemporáneamente por el señor Gobernador y Capitán General que entonces era Don Manuel González Torres de Navarra. Dicho Juez Don Juan José Pérez Moreno ocho días antes del expresado veintidós acuarteló dentro de dicha misión a todos los indios y vecinos de su jurisdicción, a los indios con sus arcos, flechas y lanzas, caja y bandera; a los vecinos les ordenó y mandó viniesen todos con las armas de fuego que tuviesen, sables y espadas, y los que no la tenían les mandó trajesen sus lanzas enastadas, y juntos todos, indios y vecinos los puso en nuestra casa que está en el paso real para subir a dicha misión y así los tuvo a todos acuartelados noche y día, hasta que el referido veintidós de noviembre que venían del pueblo o misión de la Divina Pastora del Jobal o Lagunitas cuatro canoas con veintidós indios que pasaban para la misión de Camaguán, propia residencia de nuestro antecesor, a darle noticia, como su Prefecto, de las tropelías, malos tratamientos y vejámenes que les estaba causando desde principios de septiembre de dicho año de mil setecientos ochenta y cinco en su propio pueblo de las Lagunitas Don Jerónimo Villegas, vecino de la Villa de San Carlos y Juez de Llanos de ella, a quien extemporáneamente y sin el parecer y acuerdo de mi antecesor, el mismo señor Gobernador Capitán General González nombró por su Teniente Gobernador y Corregidor de dicha misión o pueblo de las Lagunitas.

Al instante que dicho Juez Don Juan José Pérez Moreno vio que iban llegando las dichas cuatro canoas puso a todos los expresados indios y vecinos sobre las armas, y él con una de fuego en la mano mandó contener a los veintidós indios arriba expresados, mandándoles y requiriéndoles no pasasen adelante, y que se diesen a prisión, que así tenía la orden del dicho Señor Gobernador y Capitán General González, para que no pasasen adelante, y que si se resistían los acabase a pólvora y bala; a estas razones respondió el indio gobernador de la enunciada misión de las Lagunitas, llamado José Laureano Uribe, que venía comandando las precitadas cuatro canoas, que ellos no venían de guerra, ni a pelear, sino de paz, y para que le diesen crédito a lo que decía en un palito puso un pañuelo blanco; y viendo esta acción el dicho Juez Pérez Moreno se irritó más y más contra el dicho gobernador José Laureano y los que le acompañaban, y les echó bandera colorada que tienen los indios en su compañía y mando dar descarga cerrada, siendo el dicho Juez Moreno el primero que hizo fuego, y a su imitación siguieron los unos con armas de fuego y otros con su flechería; hirieron a siete, mataron a un piloto de las canoas y lo vieron caer al agua y hasta ahora no ha aparecido ni hay quien de razón de él, y de dichos indios unos huyeron por tierra, cogieron tres y apresaron la canoa de estos en la que iba toda su ropa, dormitorio, matalotaje, y a los tres que cogieron los amarraron a un botalón, y dándole cuero un indio el Teniente arriba dicho, Don Juan José Moreno, pareciéndole no les daban como él quería, tomó el látigo y los sobó a su gusto y después los remitió presos a la Villa de San Carlos, donde actualmente se hallan todavía dos de ellos presos y el otro se les huyó en el camino”.

 

Los atropellos de Gerónimo de Villegas y la reacción del cacique José Laureano Uribe

Refiere Fray Luis de Sevilla: “Lo acaecido en nuestra misión de la Divina Pastora del Jobal o Lagunitas desde que entró de Teniente el enunciado Don Jerónimo Villegas en el año pasado de ochenta y cinco hasta los días veintiuno y veintidós de octubre de dicho año, en los que fueron ejecutados los mayores escándalos, alborotos y averías, según he pesquisado por ante mí, Secretario de visita, desde el día dieciséis de febrero que mandé publicar el auto de mi santa visita general de la referida misión del Jobal o Lagunitas, que en sustancia todo lo gravemente acaecido es como sigue: Desde que tomó posesión de su empleo de Teniente Corregidor de dicho pueblo de Lagunitas comenzó a malquistarse con los exasperamientos y malos tratamientos (…) y llegó a tanto el extremo del dicho señor Teniente y Corregidor Villegas que el día veintinueve de dicho septiembre de ochenta y cinco, luego que salió las gentes de la iglesia de oír misa, por ser el día del señor San Miguel Arcángel, fiesta de precepto, mandó con su ayudante detener a todos los indios y vecinos en la plaza pública y publicó un bando que indio ninguno saliese a sus conucos ni a pescar, ni a sabanear sus animalitos, ni a otra cosa alguna, pena de seis pesos de plata por multa exigitiva, y azotes en el botalón; desde que oyeron el bando y penas tan rigurosas, más y más se exasperaron todos los indios y se empezaron a profugar para el río Apure y otras partes de los llanos, de suerte que hallé en dicha mi visita casi despoblada la misión de indios y vecinos; con estas tropelías e insultos que a cada paso les hacía el dicho señor Juez Villegas, y principalmente el de haber castigado inhumanamente un hijo del dicho señor Villegas llamado Don Rafael Villegas a un indio de las Lagunitas llamado Taparón, por haberlo encontrado en sus sabanas de Tamaruco, lo cogió con sus criados y lo amarró a un palo y le dio azotes hasta que se cansó, con esto que vino contando dicho Taparón a todos sus compañeros y jueces del pueblo, se pusieron en camino para Caracas diez indios y una india a presentarse a su protector general de indios, Doctor Nicolás García, el que habiendo oído sus quejas (…) pasó un expediente al expresado señor Gobernador Torres de Navarra, haciéndole presente a su Señoría los malos tratamientos, vejámenes e insultos que experimentaban los indios de las Lagunitas con su Teniente y Corregidor Villegas, y en virtud de dicho expediente el precitado señor Gobernador y Capitán General González por sus decretos de once de octubre de ochenta y cinco previno al Teniente y Corregidor que contuviese los sucesivos malos tratamientos, vejámenes e insultos que se quejaban los indios. Con este decreto se regresaron los indios y llegaron a su pueblo de las Lagunitas el veinte del precitado octubre, y el día siguiente veintiuno del mismo, cerca de noche pasaron los indios del Cabildo con el referido su Gobernador José Laureano Uribe a entregar en manos del Teniente y Corregidor Villegas el despacho de su Señoría, y llegando de inmediato a la casa del Padre Cura interino, que lo era Fray Francisco Maestre, religioso mercedario (…) al instante que los vio venir Don Pablo Morián, que estaba sentado al entrar de la casa tocando un instrumento, se levantó y fue a avisarle a dicho Teniente, diciéndole allí vienen los indios con un pliego en la mano, al oír esto el dicho Corregidor Villegas salió a verlos venir y dijo a todos los que tenía en su compañía, que eran zambos, excepto tres que eran blancos: Don Pedro Xedler, Pablo Morián y Don Domingo García, que tomasen sus armas, que tenían hecho cuartel en la misma casa del Padre; tomaron todos sus armas y en especial un zambo, su ayudante, llamado Baltasar Salmerón, que cogió un carranelón cargado con ciento cuarenta y cinco municiones, seis cortados y una bala rasa, cogió un cestón del dicho Morián y armados con dichas armas les hizo cara a los indios, y el dicho Corregidor le dijo al expresado Salmerón tírale al gobernador Laureano, y apuntándole con el dicho carranelón le erró tres veces fuego, y soltándolo de la mano tomó una tercerola el dicho Salmerón y le volvió a apuntar al expresado gobernador Laureano, y los indios que le acompañaban con los bastones barajaron el tiro, y cayeron en el suelo bala, municiones, cortados, y tacos, y al oír el tiro dicho Corregidor en voz alta le dijo a Salmerón: mataste al gobernador Laureano? Y respondió el dicho Salmerón: no le he matado! y el mismo Corregidor dijo: perdidos somos! y llegándose el dicho gobernador Laureano al dicho Corregidor Villegas le dijo: Vivo está Laureano, no lo han matado!  y viéndose Salmerón sin armas de fuego por haber botado la una y disparado las otras, desenvainó el cutón y en el mismo patio del Padre hirió malamente a dos indios, y luego que vieron esto los indios cogieron a Salmerón, lo llevaron a la plaza y quitándole el cutón y puñal le hirieron gravemente con sus propias armas.

En el interín que los indios estaban entretenidos con Salmerón, el dicho Villegas por el patio de la casa del Padre se fue a un jardincito que hay en la sacristía, allí se ocultó hasta que oyendo venir los indios en solicitud de él se entró a la sacristía y se escondió detrás del cajón donde se guardan los recados de decir misa, se embojotó en su capingote para que los indios no lo vieran, y en cuanto vio llegar a los indios a la puerta de la sacristía, con una vela encendida en las manos se levantó dicho Villegas y dijo así: perros que buscais?  Me venís a coger para matarme? Y yendo a correr para entrarse dentro de la casa de la iglesia por una de las puertas de la capilla mayor, lo atajaron los indios dentro de la sacristía y allí lo cogieron entre todos y lo sacaron, no por la iglesia, sino por la misma puerta de la sacristía que cae al dicho jardincito, y al sacarlo por una media puerta ventana (…) el mismo Villegas se dio un golpe en medio de la cabeza y se hirió, y no los indios como falsamente le informó el dicho Villegas a dicho señor Gobernador, de allí lo llevaron preso hasta el botalón, lo amarraron en él y lo tendrían amarrado como media hora, de cuando en cuando lo subían y bajaban diciendo: baja Villegas! sube Villegas!, y le iban a dar latigazos en las nalgas, para cuyo efecto le hicieron bajar los calzones, y viendo esto el Teniente Villegas empezó a rogarles diciendo por tres veces: por Dios y María Santísima, que no me den vuestras mercedes látigos, miren que soy hombre blanco y caballero de San Carlos, y Juez de llano de toda la jurisdicción!; y al oír estos clamores el indio Taparón le dijo al señor Villegas: cómo cuando tu hijo Rafael me estaba azotando tan cruelmente no me valía el por Dios y María Santísima! Y volviendo el dicho Villegas a instar y rogar a unas indias que estaban presentes que rogasen les soltasen, los indios todos dijeron que lo dejarían y soltarían, siempre que al instante se fuese del pueblo y los dejase quietos, pero que si al otro día no se había ido experimentaría los látigos; y el día siguiente lo sacaron bien de madrugada y lo pusieron en el camino en compañía de Don Pedro Xedler y Don Pablo Morián”.

 

Como corolario de las acusaciones hechas a Villegas por el Fraile visitador, éste señala: “Desde que entró de Teniente a pocos días empezó a armar bailes públicos de los que llaman tura con carrizos, que es baile o danza de indio abrazado unos con otros, indias y indios y demás clases de gentes, hombres y mujeres que se le agregan; en dichos bailes daba de beber a las indias y indios con excesos la bebida aguardiente hasta que la mayor parte de las indias se ponían ebrias, siguiéndose a esto cosas muy obscenas, que por el rubor natural se omiten, y los indios casados que miraban estas cosas a su Corregidor con sus mujeres se disgustaron totalmente con él; también tenía puesto un botalón en un cuarto inmediato al suyo donde sobaba solamente a las indias, que según dicen, no consentían tales acciones”.

 

Se desconoce el resultado o consecuencias de este informe y no se obtuvo información acerca de si Gerónimo Villegas fue sancionado o destituido de su cargo, ya que el mismo era un personaje muy importante en la Villa de San Carlos, que además de ser el creador de la cofradía de Jesús Nazareno fue quien adquirió la imagen que se venera en las procesiones de Semana Santa, y hasta una capilla o ermita le construyó en el cerrito de “Pan de Horno”, sector centro sur de la ciudad, donde también estuvo (a mediados del siglo XIX) el cementerio denominado “de Jesús”, en alusión a su ubicación adyacente a dicha ermita.

 

 

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